II-Persecución en el mercado de Gladia

Noctaniel, David Pelaez - copia

Autor: Paolo Bonsignore

Si quieres leer la primera parte, entra a su enlace: Te sostendré la mano si me apoyas.

 

Desde las iluminadas ventanas del castillo se vislumbraban en sus vidrios las siluetas traviesas de brujas y brujos cuchicheando estupideces con sus compañeros. Algunos guerreros, por provenir de Gladia, se refugiaban de los cántaros de lluvia bajo el calor de sus aposentos,  en sus hogares; en cambio, los Doomianos, por ser beneficiarios del intercambio cultural, gozaban de un buen y cálido hospedaje dentro las habitaciones de la academia, internándose en una saleta bien aterciopelada, ajedrezada, iluminada tenuemente por un fuego de chimenea, una pequeña cocina con despensa y un catre de lana, y una pequeña biblioteca glotona de libros acompañaba el adornado, arriba, en su cabecera, decía “Brotherbook, guía para volverse un gran héroe for Dummies”. Así se componían, o por lo menos en la mayoría se adeptaban a esas descripciones, y cientos de ventanas amarillentas por el calor de las chimeneas hacían parecer a los torreones un arbolito de navidad.

Pero existían ciertas excepciones con algunos estudiantes de Gladia, por ejemplo, Alicia, por ser sobrina de Mithrod se le permitía hospedarse en una de esas maravillosas habitaciones pequeñas pero lujosas. A ella le encantaba estar allí yaciendo sobre el alfombrado con vista a la gloria de su ventanal, porque desde ese punto, las estrellas se inclinaban ante el lucero de sus ojos como una bola de discoteca ochentera. Y las nubes más abajo cegaban a los demás habitantes de la magnificencia del espacio sideral, el torreón más alto del castillo, donde ella yacía, alcanzaba el firmamento y le rascaba el culo al cielo con su puntiagudo sombrero.

Una noche sin igual, y esa no fue la excepción de tantas donde las estrellas vivían nuevas aventuras con el refulgir de sus ojos de niña indulgente, ¿podría ella tocar las estrellas con sus dedos?, no, porque ella no fumaba marihuana. Y de haber sido así, se hubiese crispado del susto al escuchar el picaporte chillar a su espalda.

Mithrod gira la manilla del cuarto de su sobrina, y cuando su mano se ve forzada a detener su rumbo por los límites del palastro, se estruja los cachetes y los labios con sus enormes mangas, limpiándose la pintura de labios impresa sensualmente en su rostro, demasiado avanzado de edad se encuentra como para andar besuqueándose con una mujer treintañera, indicándole que “eres mío, papi”.

Entra y ve de espaldas a su querida sobrina, vuelta en un embelesamiento por el traslucido cielo estrellado, era ya costumbre, y costumbre se volvió cerrar tras él la puerta de la habitación y aproximarse con pisadas de gato hacia Alicia, y ella con sus carnosas piernas cruzadas escuchando el concierto de las estrellas y sus experiencias estelares, él, con una solemne mirada hacia el cielo, se intenta sentar, pero se tropieza torpemente con una costura de la túnica y cae sobre su culo.

-Dime, Alicia ¿han sido maravillosos estos días de clases? –preguntó Mithrod, sin apartar la vista del cielo, inclinándose a ambos lados intentando consolar el dolor de sus nalgas.

Ella, con solemnidad, responde, sin apartar la vista de las estrellas.

-Le mentiría si le dijera que no, pero… Realmente esto no fue lo que pedí.

-¿A qué te refieres?

-Las clases de El cuidado de dragones domesticados, yo solo la elegí porque usted me la sugirió con mucho afán, tío Mithrod, pero creo que no es para mí.

-Princesa-la aferra hacia él con su mano en el hombro opuesto-a veces debemos elegir los caminos para los que fuimos elegidos sin saber la razón, sin poder oponernos.

-Yo quería ser alquimista, no cuidadora de dragones, y me aburre el hecho de que ya no halla marcha atrás.

-Pero no solo se trata de cuidar de los dragones domesticados, ¿Qué allí no te enseñan a cuidar otros tipos de criaturas y demás bestialidades?

-Sí, pero…

-Entonces, confía en tu tío Mithrod, si te encomendé este camino para tu sendero hacia las planicies aun no pisadas por tu consiente, entonces, tu tío Mithrod te pide que aprendas de ello, y vivas en lo desconocido, en lo misterioso, hay algo mucho más allá de cuidar solo dragones, y lo aprenderás tarde o temprano.

-¿En una clase?

-No, pequeña, fuera de clases, ya lo verás.

La rasposa textura de la túnica de Mithrod arropaba sutilmente el cachete de la joven, y ella sentía su calor, el calor que nunca sintió de un padre.

-Mamá era alquimista, o eso fue lo que me dijo papá hace unos años-Las estrellas parecían reverenciarse ante una estrella fugaz que perforó el firmamento, al momento de mencionar a su madre, y la solemnidad fue algo que Mithrod denotó a los pocos segundos.

-Yo quería ser como ella.

-Alicia, créeme que ella no hubiese querido eso para ti.

-¿Por qué lo dice?

-Hace años, mucho antes de su terrible declive hacia el abismo, me pidió ser tutor, el guía, el protector, el sendero, y también ser parte de tu corazón. Básicamente, me pidió ser para ti lo que nunca tuviste: Un padre.

-¿Y qué tal si no sirvo como cuidadora, tío? ¿Y si no logro alcanzar a ser tan buena como mi madre?

-La mejor chica del mundo siempre he visto a través de tus ojos, “si tanto anhelas a un héroe, no seas como él”.

Mithrod le besa la mejilla y se marcha por la puerta, esa noche no hubo sueño que pudiera abatir el embelesamiento de Alicia y sus amigas las estrellas, vial para reflexionar por aquella conversación, pues Mithrod era su mentor, y valía toda la pena del mundo aventurarse entre tanta parafernalia nocturna estrellada.

Los días que siguieron, Agatha hacía de las suyas como la nueva gema araña de la academia (así le designaban sus nuevas amigas, ella no entendía qué significaba, pero poco le importaba la estupidez de sus compañeros). Se jubilaba de clases y le pedía a una de las rubias que anotara la clase y las tareas por ella, su ejército de zorras cubría cada uno de los salones de clases de la academia donde debía estar siendo instruida, y ella, simplemente, se iba a patear la calle con sus plataformas de punta de metal.

-Mas te vale apartar tu repulsiva vista de mí, o te calcinaré las bolas-Dijo Agatha a un chico en el cafetín llamado Varom, y éste lo hizo por su bien, pues todos tenían muy en claro eso de “calcinar bolas” por lo que había sucedido el día anterior a ese. Ella más bien comía lejos de los demás en una mesa cerca de la ventana, sin intensión de perturbar a los demás con su escandalosa presencia.

Ese día cambió de manera furtiva para ella, pues nadie notó esa presencia, la misma presencia que rompió las barreras de la hurañez. La silla del otro lado de la misma mesa donde se hallaba Agatha desayunando Zucaritas (sin leche), chilló a rastras, un trasero algo pequeño castigó cruelmente el rostro de la silla, se sentó, se impulsó hacia la mesa con ambas manos en las esquinas.

A los pocos segundos de haber sacado un sándwich de su bolso, unos ojos grisáceos penetraron directamente en los ojos confundidos de Agatha, intrigada por la valentía de aquel ser al sentarse en la misma mesa.

-Oye, tú-Agatha rompió el incómodo hielo entre ambas, y sus palabras no tuvieron compasión-¿Sabes quién soy, verdad?

-Desde luego-responde la de los ojos grises y cabellos desaliñado-tu eres Agatha, ¿no?, la misma que corrompió de manera lésbica a Betania, la misma que suele tener problemas con otros estudiantes y los hace llorar, la misma que le propinó una bola de fuego directo a las pelotas de ese chico, Brandom Dust, si mal no recuerdo.

-Era un idiota baboso, se la pasaba todo el día acosándome con la mirada, así como muchos me miran con asco y aversión.

-Quizás por tu modo de llamar la atención.

-O quizás tienen retrasos mentales, y soy la única normal aquí, rodeado de idiotas… Sin ofender… Tú ¿Cómo dices que te llamas?

-Alicia, Alicia Oneil.

-Alicia, ¿no vas a correr, o a temerme?

-Es un placer conocerte.

Pero Agatha aun desconfiaba, era parte de su naturaleza, y su mirada de suspicacia no se iría hasta saber el motivo de su arribada a la mesa, de lo contrario, Alicia estaría en inminente peligro.

-Pero debo ser tan terrible como para que las personas no quieran sentarse conmigo en el desayuno.

-Yo te vi aquí sola, y solo quise acompañarte a comer, pero, si mi presencia te agobia…

-No, no, puedes quedarte, disculpa mi…

Nunca, ni siquiera con su madre, Agatha se había excusado de algo con alguien en particular, era la primera vez que empleaba aquello que siempre le recordaba su psicólogo “lo cortés no quita lo valiente, pero allí erradica tu problema, tu valentía no te genera nada, absolutamente nada de cortesía”.

-… ¿Y qué me dices de ti?-inició otro tema, para opacar su inesperada disculpa, por orgullo propio-¿dónde están tus amigos?

-Amigos y compañeros de clases, son dos cosas muy, muy distintas, nunca las confundas, jamás.

-Ya sé de qué hablas-su rostro se ruborizó, el pudor de la conversación cobraba más y más interés, aquel nudo en la garganta dejó de ser ese nudo de melancolía y dolor, más bien, una taza de cálido té de cedrón que acarició sutilmente las paredes de su cuerpo- Mi madre me envió aquí por temor a mi comportamiento, mi locura ya no podía ser soportada por sus escuálidos hombros de madre celosa, y cuando descubrió que me había acostado con su amante, movió cielo y tierra para deshacerse de mí , quien sabe, quizás tuvo que acostarse con el rector para convencerlo de dejarme estudiar aquí.

Alicia emitió unas leves risitas de niña indulgente, risitas que se compadecieron de los atolondrados comentarios de la bruja, de los cuales tenía la mera convicción de que otra persona hubiese salido huyendo del susto (y porque ese rector era Mithrod, quien por su avanzada edad, si tal era el caso mencionado por Agatha, necesitaría viagra para revivir el poder viril escondido dentro de su bastón).

-Sí que estás loca, pero eso no me molesta, pues he venido a acompañarte en el desayuno, y mama siempre me decía que las cosas ocurren por algo, y ese algo siempre influirá en lo que seguirá después.

-De seguro tu madre nunca intentó castrarte por miedo a que quedaras embarazada y engendraras a un demonio, un feto escamoso y tricornado.

-¡JAJAJA!, eres un desmadre, Agatha.

-Lo sé querida, soy terrible.

Agatha sentía una hermosa morbosidad por las criaturas inofensivas, pero peligrosas por dentro, del reino animal; algo que encontraba muy en el fondo de esa chica, Alicia, y algo que súbditamente admiraba. Por ello, la conversación siguió espontánea hacia su curso natural, no se podría decir que ambas se hicieron amigas al acto, pero hablaron de mucho, aunque Agatha apartó los temas de sexo, drogas, pactos demoniacos, confrontaciones con la ley y destrucción masiva a merced de su descontrolado poder con la piromanía.

Las puertas de la cafetería se batieron como los brazos gelatinosos de una gorda amante de los pollos de KFC, PUM, PUM, colisionaron fuertemente contra ambos laterales y un gato aplastado lanzó un fuerte maullido de dolor, y se dejó al descubierto en la entrada una chica de rizos negros y rostro pálido con ojeras llenas de libros y estudios.

-¡La guardia está apresando a un estudiante de aquí, rápido, vengan a ver!-vociferó la chica, y todos en la cafetería se levantaron a seguir la estela del chisme tras las pisadas errantes de la chica. Agatha, deseosa por ver sangre ajena pintar el césped, se levanta, ansiosa, y espera a que el tumulto termine de obstruir la salida, Alicia la siguió, preocupada, odiaba tener que involucrarse como espectadora de esos horridos sucesos, pero quiso saber cómo actuaría Agatha ante la situación.

Aquello ocurrido empezó a las 9:15 de la mañana, una hora y media después de que Noctaniel, junto con sus amigos, Donquen y Arthur, decidera ir a comprar un racimo de flores dentro del mercado de Gladia, una calleja de puestos de verduras, artilugios de magos, ropa de cuero y películas y juegos piratas. Muy nervioso y decidido éste intercepta con la mirada los dichosos establecimientos, tropezando con la muchedumbre que venía del lado opuesto, y ofertas como “Todo a 5 piezas de oro” o “pase y compre productos calidad Mike” o “frescos y deliciosos higos” espetaron sus oídos de elfo nocturno, Donquen se acababa de sacar un moco cuando veían la exposición de telescopios para magos astrónomos, y se limpió el dedo en los pantalones de Arthur sin que éste se diera cuenta.

-Me estoy orinando los pantalones. Hemos caminado kilómetros y kilómetros y en ningún lugar venden flores-se quejaba Donquen.

-Apenas y hemos caminado tres cuadras, la misma distancia en la que se encuentra el castillo y esta transversal, estúpido gordo perezoso-respondió Noctaniel, sudando por los nervios generados por el pensamiento de Alicia, y cómo reaccionaría ella ante un obsequio como ese.

-Prefiero estar así de gordo que verme tan insignificante como Arthur.

-Pues si yo fuera tú, demandaría a McDonald por estar así de gordinflón-se defendió Arthur.

-hijo de…-pero Noctaniel los había frenado en ese momento con el brazo, y les dijo, señalando un puesto de flores a la distancia.

-Allí, lo hemos encontrado.

-Entonces, andando.

Y allí estuvieron, apretujados entre tanto tumulto de personas haciendo cola para comprar,  Arthur ayudaba a escoger a Noctaniel entre tanta variedad de racimos multicolores, Donquen aun trataba de sacarse el moco por el cual sentía un fervoroso desafío.

-Mi vejiga va a explotar, apresúrense con eso-Se quejaba a cada segundo, mientras sus tetas flácidas sudaban y marcaban de humedad sus trapos ya gastados por la reducida talla.

-¿Qué opinas de ese racimo, Noctaniel?-preguntó Arthur

-No, muy gay-respondió Noctaniel algo indiferente.

-¡Es para una chica, ¿recuerdas?!

-Entonces, escogeré el racimo que parezca más gay. Señor, deme aquel junto a las margaritas-señaló un racimo compuesto principalmente por magnolias y lirios, el vendedor se las dio, y le cobró las piezas de oro correspondientes.

-¿Ya podemos irnos? Me estoy orinando los pantalones.

-¿Y vas a seguir con eso, gordo?

-OYE, Noctaniel-un grito se avecinó a los oídos de Noctaniel y sus amigos, este se volvió hacia el lado apuesto, era Elekin cerca de un puesto de marionetas.

-¿Qué quieres?-preguntó Noctaniel algo mareado por el asqueroso aroma primaveral de las flores, con una mirada despectiva.

-Acércate a mí-Elekin decía aquello volviendo la vista hacia múltiples direcciones, como buscando esconder lo que se traía entre manos.

Noctaniel caminó hacia la otra acera, dejando a sus amigos atrás, y estuvieron frente a frente.

-Necesito que me hagas un favor-dijo Elekin, casi en susurro, Arthur y Donquen se quedaron mirando desde la lejanía preguntándose de qué hablaban.

-¿Un favor? ¿De mí?

-Sí, necesito que me guardes esto-sacó de su manga una varita de oro pequeña, y se la puso forzosamente en sus manos.

-¿Qué es esto?-decía, escrutándola con misterio y viendo la cara de Elekin con asombro, todo eso con rapidez.

-Es una varita contraída, significa que no se necesita ser un mago para usar su poder, se la entregaré a Agatha como muestra de mi afecto, pero necesito que la guardes, la he robado y la guardia viene tras mis pisadas.

¿Estás loco? No voy a encubrirte por tu delito cometido.

-Más te vale que lo hagas, orejotas, o diré que lo has robado tú.

-Vete a la mierda, Elekin.

Sorpresivamente, Noctaniel es flanqueado en ambos lados por los secuaces de Elekin, tres jóvenes  robustos, atontados y risueños, se crujían los nudillos amenazando visualmente al pobre elfo lo que le sucedería si se rehusaba a cooperar.

-Repite eso, orejotas, y lamentarás el día en que decidiste unirte a los humanos-Elekin era unos centímetros más alto que él, y  reducía al elfo con su cabezota por encima de su mirada, humillándolo. No faltó ni un segundo más ni uno menos cuando un exaspero a los cuatro vientos se dio a escuchar, tanto Elekin como Noctaniel se volvieron con el terror impreso en sus rostros.

-Es él, allí está el ladrón-gritó un lancero desde la lejanía a su compañero, mientras que señalaba descaradamente a Noctaniel, el actual portador de la varita buscada con recelo.

La varita saltó de los nervios hacia la mano de Elekin, Noctaniel prendió su carrera a toda pastilla con sus codos convertidos en pistones de locomotora, Elekin corrió también a su lado, y los compañeros del elfo los siguieron a su ritmo, pero un ritmo menos acelerado que el de los dos guardias exaltados por la carrera, tras las pisadas de aquellos dos infractores.

-Que no escapen-dijo a su colega entre pujas, pues la armadura pesaba, y  sus 80 kilos no le permitían experimentar una escena de acción con más adrenalina que la actual. Los dos fugitivos se perdían momentáneamente al recodo de las esquinas tras atravesar una transversal, ambos, mientras corrían sin mirar al frente, se propinaban manotazos y codazos buscando derribar al otro y que sirviera como cebo para apaciguar a los guardias.

-Ve en lo que me has metido, idiota-gritaba exaltado Noctaniel en una persecución sin cesar, mientras azotaba puñetazos a la intemperie, intentado derribar a Elekin, y por igual, este pretendía lo mismo para con el elfo.

-Debiste ayudarme desde el momento en que te lo pedí y no haber protestado como un marica, ya verás cuando te agarre desprevenido y te…

El chico ahogó sus palabras entre estruendos y un aullido de sorpresa, pues, había tropezado violentamente contra un puesto de verduras, “oh no, mis verduras” exclamó el dueño, pero Noctaniel no se detuvo ni un solo segundo, sabía de antemano que sus perseguidores continuaban su odisea por el estridente sonido de sus botas de metal.

Despatarrado y rebosando entre tantas lechugas y calabazas quebradas, Elekin intentó recuperar el conocimiento. Donquen se detiene repentinamente tras la carrera, a continuación, se baja la cremallera de su pantalón, y le orina las piernas al abatido.

-Espero que te guste el jugo de ciruelas calidad Donquen, idiota-se burló Donquen, luego, siguió la carrera junto con Arthur.

-Maldito gordo, te voy a desinflar, lo juro, te voy a desinflar, ya lo verás-se dijo así mismo con voz quejumbrosa, casi inaudible.

Noctaniel se vio obligado a trepar por las rejas de las ventanas de una casa y sujetarse de las cornisas de los tejados, con mucha habilidad logra incorporarse en lo alto de la misma, y solo uno de los guardias, más ágil e intrépido, lo siguió por el mismo modo, el más gordo tuvo que quedarse cerca del callejón sin salida a esperar por algún éxito de su colega.

Noctaniel mantiene el equilibrio con sus brazos extendidos para ganar más agilidad mientras salta de techo en techo, a continuación realiza un salto precipitado el cual lo condujo hacia un toldo que al romperse por su peso, amortiguó su caída y cayó encima  de un encapuchado de túnica blanca, en ese momento otro grupo de guardias flanqueando la calle corría exaltados hacia el abatido hombre, y lo arrestan, en cambio el elfo, que aun sentía el miedo de ser capturado, emprende su odisea antes de que su actual perseguidor pudiera dar con él a como dé lugar. Su carrera se aquejumbraba entre gemidos entrecortados por el asma que le producía el insoportable olor del racimo enfundado en su cinto, suerte para él que su persecución llegó a su fin al pisar los primeros dominios de los terrenos del castillo, se tiró en el pastizal del patio frontal a descansar, y sus jadeos llamaron mucho la atención. Para sorpresas suyas, el guardia persistía en su encuentro, y finalmente lo había logrado, Noctaniel, yaciendo en el pastizal, ve un par de botas a cada lado de su cabeza, y al final de esas botas, un rostro ceñudo.

-Qué problemas me has dado solo para capturarte, y por haber huido, la magnitud del delito aumenta en vigor, lo siento hijo, vendrás conmigo por las buenas o por las malas.

Todos exclamaron ante aquel suceso, una chica de rizos negros y rostro pálido con ojeras llenas de libros y estudios se apresuró a dirigirse a la cafetería del ala este, para esparcir el chisme a sus compañeros.

-No lo hagas más difícil, muchacho, o todo se podrá peor para ti-decía el guardia mientras intentaba tirar del brazo del elfo, quien imponía resistencia.

-Suéltame, yo no h robado nada.

-Dile eso al GM, él se encargará de tu suerte…

-¡NO SOY UN LADRON, SUELTAME!-su voz adoptaba un matiz torvo y siniestro, sus ojos se enrojecieron y sus garras se enfatizaron, todo eso aterró por un segundo al guardia, y a pesar de que no demostró tal impresión para no perder su imagen de autoridad, soltó al elfo inconscientemente por el pavor generado por éste.

Ambos se miraron fijamente, pero ya Noctaniel lo había asesinado con sus ojos espetando los del despavorido guardia. Una batalla visual corrompió mentalmente al perseguidor. En Noctaniel airaba un sentimiento tierno de asesinarlo, sí, despedazarlo y hacerlo pagar por su malentendido, y podía hacerlo, pues, el guardia, con todo y su armadura acorazándolo y  una lanza flanqueando sus defensas, estaba lejos de ser un rival a la altura del elfo nocturno en cuanto a poder y astucia.

Pero antes de que pudiera suceder nada, Mithrod hace acto de aparición entre nubes de humos grisáceos.

-¿Qué ocurre aquí?

El guardia, aliviado por la llegada del rector, inmediatamente acude con sus quebradas palabras.

-Señor, me temo que deberé llevarme detenido a este muchacho, pues ha robado esta (dame acá, maldito, suéltala, suéltala)-le susurraba a regañadientes el guardia al elfo mientras husmeaba en su cinto y sus bolsillos para dar con la varita, pero no la encontró, más bien, dejó caer las flores, o lo que quedaba de ellas -Quizás la perdió durante la persecución, pero este joven ha robado una varita contraída.

Mithrod exclamó en asombro un gemido sediento y ronco.

-Eso es ridículo, Noctaniel jamás haría algo similar, me temo que se ha equivocado…

El rector, enfurruñado y crispado de la noticia, es fuertemente interrumpido por otra voz con autoridad y poca simpatía, a lo lejos en el umbral del castillo, se acercaba lentamente el compañero obeso del opresor de Noctaniel tomando de la mano a Elekin, quien intentaba escapar de su destino tratando de frenar al gordo con los pies enterrados fuertemente, como intentando frenar un toro por las riendas.

-Muy buenos días, rector de la academia-saluda cortésmente el guardia que apresaba a Elekin-aquí traigo a este mocoso que apesta a orina, según dos muchachos con los que me topé camino acá, este joven fue el que en verdad robó esta varita-levantó la varita contraída como si fuera el cáliz de los dioses.

-Ah!, con que Elekin-dijo Mithrod, sereno y aliviado-Eso sí lo puedo creer.

-No es cierto, lo vimos con la varita en la mano, y vimos cuando se la entregaba al muchacho que apesta a orina, quizás son cómplices.

-No lo creo-el gordo habló en tono defensor-Pero que él mismo nos lo diga, y quizás podamos creerle.

Ya todos se conglomeraban en muchedumbre para presenciar aquello como una dichosa pelea de mujeres desgreñándose, en las filas inferiores, Alicia, con ojos tristes y compasivos, y Agatha, con escrutar e interés, observan aquel escenario donde se ven incluidos un patán y un elfo nocturno.

-Gracias por traerme aquí a este delincuente con los hombros cargando culpa y desdén, señores, muy buen trabajo-decía Mithrod, imperturbable-necesitaba una, SOLO UNA falta más para expulsar a este Elekin.

-¡NO POR FAVOR!-pedía clemencia el desgraciado, y todos lo miraban con asombro, pues jamás habían visto a Elekin a punto de romper en llanto-no quiero que me expulsen, no quiero ir a la cárcel, por favor, haré lo que sea, lo que sea.

-Silencio, ladrón-lo calló el guardia que apresaba a Noctaniel-nadie roba sin tener buenas intensiones, a menos que seas un pobre diablo que necesita de las migajas ajenas para alimentar a su familia, pero yo te veo como un joven perfectamente saludable, tanto física como mentalmente-a eso último, Mithrod tosió en señal de ironía.

“Robar con buenas intensiones”, Noctaniel sabía que Elekin era un bravucón airado de poder e imponencia, pero también que no era capaz de robar un trozo de pastel sin sentir culpabilidad, y entendía a la perfección por el cariz que adoptó la situación, tanto el robo como sus llantos, que la varita entre sus manos era con intensión de obsequiársela a Agatha y que ésta lo tomara en cuenta finalmente, pues se había demostrado totalmente enamorado desde la llegada de aquel ser infernal y siniestro, y como todo bravucón haría lo que fuera por llamar su atención. Y por un momento, Noctaniel se compadeció de él, pues era solo un bruto presumido y fanfarrón, pero no mala persona.

-Deben escucharme…-su voz se quebró entre sollozos y lamentos-yo no quería robármela, por favor, no quiero que me expulsen no quiero…No quiero que mi padre me mate por…-Pero los gemidos producidos por el llanto lo abatieron y le impidieron hablar, se arrodilló, con una mano aun sujeta en la del gordo que lo apresaba, Noctaniel no podía verlo sucumbir más, pero debía luchar contra su compasión, cosa que no pudo cuando su mirada se topó con los lejanos ojos de Alicia, y por ella, su compasión se hizo evidente a los pocos segundos.

-Él no robó la varita-intervino Noctaniel-fui yo

Y todos exclamaron un OHHHH!! Por un momento, Alicia se tapó la boca con ambas manos, así como muchos lo hicieron (las chicas y los homosexuales). Como un arcoíris luego de un torrente del fin del mundo, se imprimió en el rostro una leve sonrisa entre cuajos de lágrimas en la cara de Elekin a medida que ascendía su mirada al elfo, pero no era una sonrisa de burla o victoria, sino una de agradecimiento y asombro, pues no podía creerlo, y como tal lo creyó imposible.

El elfo, luego de apartar su vista de la de Alicia por pena, miró con brevedad a Elekin, luego bajó el rostro, sin atreverse a mirar a nadie más.

-No, no puede ser-se desconcertó Mithrod-muchacho… ¿Qué has hecho?

-Perdón…-Fue lo último que dijo antes de que intentaran apresarlo por ambas manos en la espalda, pero enseguida, el mago tuvo una última cosa que decir.

-Yo pagaré por esa varita contraída, señor, no quiero que el chico esté en prisión por ello, pues quiero ser yo mismo el que se encargue de darle un castigo más adecuado.

-Lo que usted desee, señor, pase hoy o mañana por la tienda de artilugios Charles creations, pague la suma de 2000 piezas de oro, y luego envíe un mensaje con el recibo a nuestro gremio, le estaremos muy agradecidos si lo hace, para corroborar que ha hecho el pago.

-Entendido, buen día, caballeros-y cuando ambos se hubieran ido, luego gritó a los demás-Vuelvan a sus actividades, aquí no hay más nada que ver. Tú, iras conmigo.

Noctaniel, totalmente rebosante entre tanta aflicción, siguió a Mithrod hasta perderse de vista ente los portales del lado este del castillo. Alicia fue la última en abandonar aquel lugar desolado y lleno de vergüenza por lo antes presenciado, pues algo le había llamado la atención desde el momento en que vio al elfo. En el suelo donde Noctaniel había estado, había unas flores parcialmente aferradas y tiradas a causa del guardia cuando husmeaba en los trapos del elfo nocturno, pero ya no era un hermoso racimo, sino tres flores curtidas y desganadas. Alicia, con cierta curiosidad, va y se acerca para comprobar que sí se trataban de tres flores marchitas por el maltrato, pero eso no fue lo único que denotó, allí, aferrado al tallo del lirio, había un pedazo de hoja medio raída por la persecución, que por su escrito, parecía el borrador  de lo que habría sido un fantástico poema si no fuera por las palabras tachadas y algunos pequeños detalles adicionales, y esto fue lo que Alicia leyó:

Que onda   hola Alicia  Querida Alicia, tus ojos son como dos luceros grises que alumbran en el basurero multicolores matices, tu eres el esplendor que encandila mi desolado universo, como las puertas del infierno dejan escapar en mí el rencoroso momento, en que deba asesinar aquellos que en tí se atrevan a poner un dedo. Mi exilio de este mundo es temporal, mis lisos marchan conmigo hacia la bruma, mi existencia no existe en tu mundo aunque mi corazón no lo asuma, pero aun ausente de este fervoroso mundo,  siempre me hablará de tí mi amiga la luna…

-Noctaniel…

 

Lista de Quehaceres:

-Afeitar al grifo

-Matar el dragón

-Despellejarlo

-Refinar la carne de dragón.

-Cocinarla al día siguiente

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