Todo comenzó visitando al Onega

Autor: Anthon Keenan

Me gustaban los libros que siempre llevaba consigo, pero nunca me dejaba verlos. Eso fue lo que una tarde me convenció de acercarme a la niña rara de terciopelo.

Era uno de esos días fríos en las afueras de Petrozavodsk, estaba junto a Nikolai, lanzando piedras al lago congelado. Juntos solíamos pasear por el lago Onega luego de salir del colegio, nos entreteníamos lanzando piedras al agua y luego de horas de juego, regresábamos a nuestras casas antes del anochecer.

El mes pasado habíamos conseguido una gaviota congelada, Nikolai le tomó fotos con una pequeña cámara Kodak que su tío consiguió en la frontera con Finlandia. Ese día jugábamos a ser pequeños reporteros y decidimos repetir la aventura tras ver, maravillados, el reflejo de aquel animal conservado por una leve capa de hielo; todo ello plasmado en un pequeño papel.

La fotografía era algo nuevo para nosotros, pues en Rusia, no todos podían tener ese tipo de artefactos. De hecho, las primeras fotos fueron reveladas en un pueblo cercano a la frontera con Finlandia, donde ya tenían laboratorios fotográficos. El tío de Nikolai era chofer de una gran camioneta donde trasladaba madera a muchos lugares y no puso reparos en ayudarnos a revelar nuestras primeras obras de arte.

Luego de horas sin conseguir algo interesante que fotografiar, empezamos a caminar de regreso a nuestros hogares. En el camino a casa había varias casitas de madera, edificios pequeños, y locales donde se podía comprar las mejores orejas de pan del pueblo. Más lejos se veía una vieja biblioteca, nunca le prestamos demasiada atención, pero aquel día fue diferente. Una niña salía de aquel lugar, probablemente tenía 10 años como nosotros en aquel momento; tenía el cabello muy negro, y era tan largo, que podía arrastrarse por el suelo de cuatro calles.

Entonces miré la expresión de Niko, era la misma que tenía cuando encontramos aquella gaviota, súbitamente sacó la cámara y comenzó a disparar. La gente quedaba paralizada al tiempo que Niko tiraba de aquel gatillo, soltando a su paso una chispa blanca enceguecedora.

–  ¿Viste? ¿viste? – me pregunta Nikolai con sus ojos desorbitados.

–  Si… – tímidamente respondí.

–  Cuántas veces consigues a un ciervo negro perdido en la calle.

–  ¿Eh? ¿cuál ciervo?

– Ese, ese que está por allá, detrás de los árboles, ¡vamos a seguirlo!

De jalón, Nikolai me hizo correr hasta unos matorrales que quedaban poco más adelante de la biblioteca pero, al llegar, no conseguimos nada. Nikolai insistió en buscar unos minutos más pero aquel animal, que nunca vi jamás apareció de nuevo.

Mientras regresábamos a casa le hablé a Niko de aquella niña que salía de la biblioteca, me parecía curiosa porque ya la había visto en otras ocasiones, y siempre cargaba un libro muy grande y oscuro. Entonces a mi desanimado amigo de pronto se le ocurrió una idea, su rostro nuevamente tuvo ese brillo en la mirada que muchas veces me asustaba, y así que sin mayor detalle quedamos en vernos al día siguiente en la panadería.

Tal como habíamos pautado, nos vimos al siguiente día. Nikolai llegó con su cámara, y me comenta su majestuoso plan. Su idea era que yo entrara a la biblioteca y esperara dentro a la chica del otro día, mientras él aguardaba afuera para tomarle una foto. Yo debía señalársela cuando saliera para que él la pudiera identificar, y capturarla en su caja de luz.

Pasaron las horas, hasta que Nikolai y yo decidimos abandonar la misión. Sin embargo, la idea de Niko se me había quedado en la cabeza, así que intenté dos veces más por mi cuenta, hasta que finalmente conseguí a la niña. Sus ojos eran almendrados y completamente oscuros y, en contraste, su piel apenas se diferenciaba de la nieve.

No podía desaprovechar aquella gran oportunidad, así que luego de darme valor, me acerqué a ella, y le pregunté su nombre tras saludarla. La niña quedó unos segundos sin responder, su mirada seguía clavada allí en ese gran libro. Mis nervios apenas se aplacaban cuando mis ojos posaron la vista en el texto; súbitamente ella cerró el libro y respondió: “Karin”. Nuevamente sentí frío en mis huesos a la vez que mi frente no paraba de sudar. Ella sonríe cordialmente, con sus ojos negros posados sobre mí, como si pudiese leer a través de mis pensamientos.

–  Mi… mi nombre es Mi-Mi… Mijaíl, solo quería… ehm…

En aquel momento solo pensaba en salir corriendo y atravesar la puerta, pero mis piernas estaban paralizadas. Sentí un fuerte cosquilleo en la piel, como si algo estuviese inmovilizándome.

–  ¿Quieres ir a jugar un rato? – interrumpe Karin.

Sus palabras, entonadas por una voz similar al sonido de una flauta dulce fueron, para mí, un gran alivio. Aquellos minutos de vergüenza habían terminado sentenciados con una invitación a jugar en los campos tapizados de nieve y altos árboles, que se encontraban muy cerca del lago. A partir de entonces, Karin, Nikolai y yo empezamos a salir juntos.

Ella era una niña muy divertida, contrario a lo que en un principio pensábamos, era a ella a quien se le ocurrían las mejores ideas para divertirnos. En una ocasión nos enseñó a tocar el fuego sin quemarnos, conocía rutas cercanas al Onega que nunca habíamos explorado, y por arte de magia, siempre sabía llevarnos a los lugares donde habían infinidad de cosas interesantes para fotografiar.

Tal vez, nuestra inocencia no nos permitía verlo, pero Karin, siempre tuvo algo de misterioso. Nos hablaba de cuentos sobre un hombre que a su vez era cabra, y que él tenía el poder de llevarnos a otros mundos. Otras veces nos decía que la vida era solo un sueño y el dolor una ilusión. Cada vez que hacía ese tipo de comentarios, Nikolai y yo nos veíamos los rostros con cierta incredulidad. En el fondo nos perturbaba, pero no más que el hecho de que nunca se separaba de aquel inmenso libro, que protegía celosamente.

Nikolai y yo vimos por última vez a Karin hace 9 años. Un día, sin mayor reparo, desapareció sin despedirse ni avisarnos. Esa vez, ella decidió que podíamos ver el libro pero solo una vez. Nikolai insistió en que le dejáramos tomarle una foto, Karin no se mostraba muy convencida pero luego de pensarlo un rato aceptó, bajo la única condición de que sólo ella tocaría el libro, y así fue.

Mucho tiempo después, Nikolai se fue de Petrozavodsk a estudiar fotografía en Moscú; por mi parte me mantenía en el negocio familiar, distribuyendo insumos para repostería, con el sueño de poder ir también a Moscú y estudiar finanzas.

Una noche escuché un terrible ruido en las afueras de mi casa que me despertó, así que resolví encender la luz y observar por la ventana. Nada parecía fuera de lo común excepto por un detalle, el ruido volvía a repetirse cada cierto tiempo, poco a poco aumentaba su volumen, pero a nadie en mi casa parecía afectarle. Aquel sonido era similar al de los puercos en un matadero cercano, sin embargo, ya era muy tarde como para que estuvieran trabajando, luego de unos segundos más, hubo un total silencio, pero mi noche no fue tranquila.

A la mañana siguiente, saliendo de mi hogar, encuentro una carta, que decía lo siguiente:

Hola Mijaíl, por favor lee esta carta.

Me encuentro en la casa de un amigo en Moscú, hace un par de semanas conseguí un rollo de fotos, revuelto entre otras cosas viejas que tenía junto con mi vieja cámara, con la que jugábamos de chicos. No recordaba qué cosas había en ese rollo, así que lo revelé. Desde que revelé esas fotos no he dejado de ver sombras y escuchar un maldito ruido dentro de mi cabeza por las noches, es como si estuviesen matando a un oso. Hubo una foto, de esa niña, que tomamos justo antes que desapareciera, por favor, necesito que me digas si ves lo mismo que yo. Aquí la gente me ha tomado el pelo, y me dicen que esa foto está velada y no se ve nada. Pero estoy seguro de que hay algo en esa foto. Maldición, estoy desesperado hermano, he intentado llamarte pero cada vez que lo hago empieza ese ruido de mierda en mi cabeza. Mira la foto y dime si ves lo mismo que yo.

Nikolai.

Junto a ese sobre había una foto y un pequeño papel donde aparecía un número telefónico.

Niña

Al ver la foto, decidí llamar a aquel número, esperando que me atendiera mi viejo amigo. Sentí un alivio al escuchar su voz, pero pocos segundos bastaron para volver a la angustia, sin preámbulos aquella voz que pertenecía a Nikolai dijo: “Mijaíl, hermano, no pude soportarlo”. Inmediatamente la llamada se cortó. Desde entonces más nunca pude contactar con él. Sigo escuchando cada noche los quejidos, que ahora no se parecen a los de un cerdo, sino a los de una persona.

 

Foto Original

Autor: Anton Babushkin.

Nombre de la fotografía: Francisco de Goya. 

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