Medio siglo después de “1984” (Parte I)

Autor: Anthon Keenan

Sobre el arte y la realidad

Merdio siglo despues de 1984 Pt1

Desde que nacemos estamos propensos a enfrentarnos a decisiones, decisiones que implican mantener una postura frente a algo, algo que tiene un opuesto. La historia de la humanidad nos ha llevado a tener una visión dialéctica (al estilo de Hegel) sobre la vida: bueno y malo, blanco y negro, vida y muerte; y un sinfín de parejas dialécticas que viven en un conflicto infinito forman parte de nuestro pensamiento universal.

El campo de las artes, uno de los más difusos en cuanto a conceptualizaciones concretas, se nutre de esta disyuntiva filosófica hegeliana. Platón ya nos habría mencionado a la mímesis – término de la estética – como elemento definitorio del arte; de este modo, se entiende que la mímesis consiste en la imitación aparente de la idea. El arte era, según Platón, una imitación de un mundo donde las verdades son absolutas, una versión de lo ya construido, una metamorfosis ¿ficción sobre realidad?

Aristóteles nos permitirá entender la conexión entre lo ficticio y lo real por medio de la redefinición de la mímesis: todo lo que es arte es mímesis. Así mismo, la poética se verá justificada por el filósofo griego, de modo que: “… dos causas, y ambas naturales, han concurrido generalmente a formar la poesía. Porque lo primero, el imitar, es connatural al hombre desde niño (…) Lo segundo, todos se complacen de las imitaciones, de lo cual es indicio de lo que pasa en los retratos”[1]. De este modo la poética, comprendida como arte, brota de la naturaleza y transforma la experiencia en algo nuevo, a este producto lo conoceremos con el nombre de obra de arte.

De los filósofos, quizás sea Aristóteles uno de los que mejor haya comprendido el proceso de la creación artística, entendiendo perfectamente el papel vital que se cierne entre la barrera de lo real y lo imaginario. En este sentido, no sólo nos aproxima a estas ideas por medio de conceptos como el de mímesis y poética, vale la pena revisar otro concepto clave para comprender la unidad dialéctica que engloba realidad-ficción, se trata en efecto, de la metáfora.

Borges en su libroHistoria de la eternidad, habría señalado que Aristóteles afirma que: “toda metáfora surge de la intuición de una analogía entre cosas disímiles”[2]. Hoy la metáfora es un recurso que nos permite establecer comparaciones entre cosas e ideas, así mismo las artes se han beneficiado de esta – sobre todo las artes discursivas – logrando plasmar conceptos de modo sutil, elaborar ideas abstractas de forma accesible, e incluso ornamentar una obra para realzar sus cualidades estéticas.

¿Podríamos entender entonces al arte como una metáfora de la realidad? Es una interrogante difícil, pues si bien nos ha quedado claro que el arte funda sus bases en la naturaleza y todo lo que ello implica (la realidad inherente al hombre), han existido casos donde la realidad supera a la ficción. De modo que es preciso aclarar que no toda ficción consiste en insertar elementos exagerados, increíbles o imposibles de realizar de acuerdo con las leyes que rigen al universo, la ficción (tal como el arte) consiste en una metamorfosis de la realidad, una traducción, una metáfora.

El arte efectivamente es una metáfora de la realidad. La mejor manera de explicar cómo funciona esta metamorfosis realidad-ficción, consiste en comprender que el arte se funda en base a elementos reales que forman parte de la experiencia del artista, estos elementos serán reordenados para dar como resultado algo diferente a lo real, una obra artificial (arte).

José María Guelbenzu (2002) dirá:

… la ficción es superior a la realidad, pero no creo que sea más poderosa que ella. Me explicaré: si hay una fuerza vital en este mundo, ésa es la vida. La realidad es algo así como la constatación de la vida. La ficción es un producto vicario de la realidad: se limita a observarla y formular variantes que, de un modo u otro, imitan a la vida. En todo caso, queda claro que la ficción sin la realidad no es nada.[3]

La ficción nos otorga un elemento que la realidad no nos concede: la mutabilidad de los hechos, el poder cambiar las cosas, alterar el tiempo y todo un abanico de posibilidades. El artista juega entonces el papel de dios (en su concepción mesiánica), altera todo a su antojo, es omnipotente y omnipresente.

De elegir una de las expresiones del arte que concentra el mayor poder de la metáfora, la literatura se erigiría como la vencedora. El teatro y el cine no se quedarían atrás, pero es claro que la influencia de la literatura en estas dos últimas fue la que les dotó de su carácter narrativo y, consecuentemente, metafórico.

Por otra parte, las artes recorribles, las cuales apreciamos en una atmósfera catártica deslizando nuestra mirada de un lado a otro, también son influidas por el juego de la realidad y la ficción. Quizás la más fiel a la realidad sea la fotografía, tomemos en cuenta que la pintura, la escultura y la arquitectura tienen un carácter más maleable, pero la fotografía, se aproxima con mayor exactitud a lo real; de hecho, esta característica hizo durante años que se cuestionara las cualidades artísticas de esta expresión.

La fotografía, en el contexto de su génesis, fue tomada por pintores y escritores (generalmente) como una mera reproducción mecánica de la realidad, un simple instrumento quizás más allegado a la ciencia que a las artes. Se basaron en la supuesta ausencia de subjetividad que había en una imagen producida por una máquina. Sin embargo, tiempo después esta postura fue desmontada, el escritor Octavio Paz dirá: “en la foto, se conjugan subjetividad y objetividad: el mundo tal cual lo vemos pero, asimismo, visto desde un ángulo inesperado o en un momento inesperado.”[4]

Efectivamente la fotografía a pesar de su proximidad a lo real, está inmersa de la subjetividad del fotógrafo, quien discrimina lo que paraliza en el tiempo y espacio del encuadre, decide desde dónde ver un acontecimiento y cuándo es el momento preciso para fotografiarlo. La fotografía también es metáfora.

Susan Sontag (1975) en su ensayo, Sobre la fotografía, afirma:

Una fotografía no es el mero resultado del encuentro entre un acontecimiento y un fotógrafo; hacer imágenes es un acontecimiento en sí mismo (…) Una vez terminado el acontecimiento, la fotografía aun existirá, confiriéndole una suerte de inmortalidad (e importancia) de la que jamás habría gozado de otra manera. Mientras personas reales están por ahí matándose entre sí o matando a otras personas reales, el fotógrafo permanece detrás de la cámara para crear un diminuto fragmento de otro mundo: el mundo de imágenes que procura sobrevivir a todos.[5]

Sontag nos permite entender que la fotografía es también ficción en la medida en que convierte lo real en algo inmortal, cuando desprende de las manos del tiempo a lo natural, cuando hace que una acción se mantenga congelada para siempre. “Hacer fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa. Precisamente porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo” (Sontag, 1975)[6].

Literatura y fotografía parecen polos opuestos en el círculo de las bellas artes. La primera es narrativa, se mueve a través del tiempo, da mayores posibilidades a la inventiva, a la ficción. La segunda es contemplativa, paraliza las acciones, da un referente más exacto de la realidad. ¿Cómo estas dos artes tan distintas terminan siendo aliadas en la construcción de metáforas?

Ambas funcionan bajo el mismo principio, reordenar el mundo de las experiencias basado en naturaleza. Por otra parte, no podemos desligar el importante carácter comunicativo que engloba tanto la literatura como la fotografía. Es posible que el primer elemento en unir a la fotografía con la literatura haya sido la prensa, y es perfectamente comprensible, pues la literatura encontraba un refuerzo por medio de la fotografía para transmitir informaciones.

Con el auge de la imagen sobre la palabra – producto de la comunicación masiva – luego la literatura pasó a darle sentido a la fotografía. De este modo la industria de la comunicación e información, unió a estas dos expresiones del arte en un equipo poderoso al servicio de la difusión de mensajes (luego la publicidad y la propaganda se aprovecharían de este descubrimiento).

Volvamos al tema de la realidad y la ficción. Ahora conocemos la importancia que tienen la fotografía y la literatura, no sólo en las artes, sino como documento testimonial de la cultura humana, en la comunicación y posiblemente en la mayoría de los aspectos vitales de nuestra especie. Como se ha repetido a lo largo de este ensayo, el arte nace de la imitación a la naturaleza, muchas de las obras de arte nos permiten evidenciar el contexto, la idiosincrasia y la cultura de determinados momentos históricos. Ya en su ensayo Sobre la fotografía, Susan Sontag haría alusión al melancólico París de Atget y Brassai, fotógrafos que dieron vida al París de los escritores, Charles Baudelaire y Henry Miller.

El caso de los artistas parisinos resulta interesante, las obras literarias inspiradas en una corriente romántica orientada a la decadencia y al lado oscuro de las cosas; de la mano a una incipiente fotografía que se haría aliada de las historias que encierran obras como El trópico de Cáncer o Los miserables se convertirían en una combinación de infarto, una esplendida muestra de metáfora hecha arte.

Por supuesto, estos artistas compartían una proximidad de tiempo y espacio, un contexto francés que los englobaba y los hacía parte de la misma generación, pero ¿qué pasa cuando una obra trasciende al tiempo y narra una realidad del futuro? La realidad supera a la ficción – quizás para desgracia de muchos, o para milagro de otros – tal es el caso de la obra 1984, del escritor inglés George Orwell.

 

En la próxima entrega indagaremos sobre la vida de este escritor y la fuente de su inspiración para crear literatura distópica, hasta finalizar su obra maestra: 1984.

 

Referencias Bibliográficas

 

[1] Aristóteles. El Arte Poética. Buenos Aires, 1948, p. 18.

[2] Jorge L. Borges. Historia de la eternidad: “La Metáfora”. Buenos Aires, Viau y Zona, 1936, p. 26.

[3]José María Guelbenzu. “Realidad y Ficción”. http://www.trazegnies.arrakis.es/guelbenzu3.html.

[4] Octavio Paz. Sombras de obras: “Instante y revelación”. Barcelona, Seix Barral, 1996.

[5] Susan Sontag. Sobre la fotografía. México, Alfaguara, 2006.

[6]Ídem.

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