¿Zelig?

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Autor: Carlos Machado

Son las siete y media de la mañana en Caracas, unas pocas nubes blancas decoran el azul y limpio cielo mañanero, espectáculo que la mirada desesperanzada del natural contempla como el único evento verdaderamente limpio dentro de esta ciudad.  El olor que emana de la arepa que se cocina al calor de la sartén se mezcla con el del café recién hecho, esta fusión de aromas seduce a unos cuantos apresurados, que sin tiempo de poder prepararse el propio desayuno deben dejar cien bolos en cualquier puesto de arepas o panadería, pero cuando el tiempo escasea y las tripas chillan ¿qué son cien bolos menos para el bolsillo? La voz del locutor de radio que anuncia la reproducción del reggaetón del momento, es opacada por el rugido de quinientos caballos de fuerza impotentes que permanecen encerrados en una extensa fila de conductores furiosos y estresados, que viendo el segundero de su reloj avanzar, presionan casi con una planeada sincronización la corneta del carro, como si esto fuese a acelerar el tiempo o el tráfico mismo. Y mientras unos usan la corneta como mecanismo para liberar la arrechera, otros avanzan entre los carros zigzagueando y arrastrándose como serpientes, rayando puertas y reventando retrovisores a su paso, centauros postmodernos que ante la queja de cualquier conductor o transeúnte, lanzan la amenazante respuesta de: “Es que no ves que estoy pasando diablo” O “qué es lo ‘que mamagüevo tas alzao”.

Otros, aquellos que condenados a usar el transporte público ya sea el Metro o las camioneticas deben jugar a la ruleta rusa del caraqueño de a pie y decidir cómo y en donde  experimentaran su arrechera del día. Así los primeros, aquello que buscando algo de seguridad y velocidad se introducen en las entrañas del Metro para llegar a sus respectivos destinos, pero para lograr cumplir la travesía de llegar al trabajo a tiempo, deben renunciar a parte de su dignidad, entrar empujando y siendo empujado -al más puro estilo de un legionario romano- a un vagón ya de por si repleto de gente, para pegarse (literalmente) al que lleva adelante, los lados y detrás. Respirarle al cuello a alguien sin siquiera saber su nombre, compartir sudor, olores, el ritual previo de una orgia si no fuese por las caras de incomodidad y las quejas de que “que calor y este aire no funciona” o “que hay mucha gente en esta vaina”. Y pobres aquellos que el desayuno les cayó mal, que deben disimular la pena y soportar los insultos y reproches de los otros que no aguantan el mal olor de las inevitables ventosidades, como si ellos no las tuvieran. Y es que si la experiencia no ocurriese tan seguida, resultara hasta jocosa y divertida. Ahora, Para usar el segundo medio de transporte mencionado hay que darle varias vueltas al asunto, pues si tienes para el pasaje te quedas sin el café o en cualquier lugar se sube algún pobre alma marginada y arrepentida ,que (según él) habiendo sido librado la noche anterior de Yare o Tocorón pide una pequeña colaboración: “Lo que salga de su corazón, es que yo no quiero volvé à roba, que yo me refolme, y tengo la jevita preñada y necesito pal pasaje y pa los gastos del carajito, necesito billete pa` baja pa` ya pa la Guaira” y así pasa entre los viajeros, que viendo unos ojos fríos que los observan ¿o amenazan? y una mano robusta, callosa y bruta que se extiende para que el alma caritativa deposite en ella uno que otro billete. Reaccionan cediendo y “colaborando” mientras esconden el celular en lo más profundo del bolsillo (o cartera) y rezan para que el tipo quede satisfecho con el sencillo con el que le está colaborando. Finalmente culminada la ceremonia, habiendo sido recolectado el diezmo, el individuo ve lo ganado agradece al chofer y se baja mientras dice un “Y que dios se lo pague, ya pueden ir en paz”  y mientras sale del vehículo y camina contento, se guarda la plata en el mugriento bolsillo mientras se acerca el próximo autobús y pide a su santo Elegua o Negro primero que los siguientes pasajeros sean tan juiciosos como los del bus anterior. Es ésta la apertura, al quimérico espectáculo con que se abre el día a día dentro de Caracas.

Según la narrativa clásica griega, cada acto o parte dentro de un relato, debe reflejar a su forma el conflicto intrínseco de toda la obra, remitiéndonos a la literatura clásica, Edipo desde el primer acto debe lidiar con su incapacidad de ver que la miasma que azota a Tebas fue producida por él mismo al haber matado a Layo y fornicado con Yocasta, y esta ceguera será el hilo que tejerá toda la obra hasta la llegada de la resolución, donde Edipo “viendo” su propia ceguera, apuñala sus ojos y se autoexilia de la sociedad. Esta unidad dentro de la estructura de cualquier obra literaria no es ajena a la realidad con la que debemos lidiar durante el día todos lo que habitamos Caracas, así igual que a las siete de la mañana o las diez, la una, cinco o nueve de la noche, el caraqueño debe experimentar las aventuras antes descritas quizá con una que otra alteración. Pero al igual que Edipo, el venezolano está disociado de su realidad, no la comprende, no la acepta, le es indiferente o simplemente ha decidido acostumbrarse a ella.

 La autopreservacion es una característica de todas las especies, la teoría de Darwiniana nos dice que todos los animales (incluido el hombre) han debido adaptarse al entono en el que habitan para poder sobrevivir. Aún ahora el camaleón, es capaz de camuflar su piel con las hojas de un árbol para evitar ser devorado por el depredador del momento, o la zarigüeya que se hace la muerta para evitar ser la comida de las aves rapaces, ahora bien, ¿Y qué diferencia hay entre el niñito del barrio que quiere una moto y una bicha para levantarse a la vecina de las faldas cortitas que está bien buena, para llevársela a bailar reggaetón al matinée, y ese camaleón o esa zarigüeya antes evocados? en fin de cuentas ¿no es adaptarse para garantizar la preservación y perpetuación de la especie? Es ésta capacidad para la adaptación, comprobado histórica y científicamente lo que ha garantizado la existencia de las especies, pero cabe hacerse la pregunta ¿En qué momento ésta habilidad para adaptarse se puede volver mala? ¿Hasta que punto es bueno aceptar que el medio se imponga sobre el individuo y éste se adapte para poder sobrevivir? En un entorno en que se rinde culto a la brutalidad, en donde la figura del musculo es más importante que la del pensamiento, en donde una mujer se siente sexy porque algún tipo le diga “eso lo que esta es como pa`comeselo con los deos”, o donde el honesto es un agüevoniado y el que roba “lo que ta es pilas” ¿es bueno o malo adaptarse?

Y no es que hay que culpar el estado, al gobernador de turno, o a los gobernadores anteriores por “brutalizar” a los pueblos, si bien también comparten culpa, pienso que son los mismo pueblos los que aceptan ser embrutecidos, que prefieren la vía fácil y se regocijan en la banalidad frente a la televisión viendo el culito chévere de la Miss, el culebrón de las ocho de la noche “con el actor que lo que está es rico” o el partido de futbol “con el brasileño ese que corre como el demonio y la mete a más de doce metros de la arquería” Y no es que desprecie estas “formas de expresión” cada una a su manera alberga cierto arte, ya sea la belleza estética, poética o la emotiva, estas siempre son necesarias para deleitar el gusto y el espíritu, pero en el caso de la sociedad actual, en la Venezuela en la que vivimos, donde son más de cincuenta los que pasan por Bello Monte los fines de semana buscando su monedita para pagarle el pasaje a Caronte, en donde caminar después de las diez de la noche es ponerse uno mismo la guadaña de La parca al cuello, o donde no puedes sacar el celular para ver la hora en la camioneta porque si no tas`tumbao, No es bueno distraerse, por el contrario, es de vital importancia reflexionar lo que nos está sucediendo como sociedad, es necesario que nos hagamos la pregunta de ¿cuándo fue que se nos hizo esta realidad normal? Y no es que Caracas muerda como dice autor venezolano Héctor Torres, Caracas te muerde, te mastica y te vuelve a vomitar. 

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